The Tall Guy, El Baron Rojo y El Hombre de Los Servicios Públicos

La etapa de hoy empezó muy tranquila. Nadie parecía interesado en la carrera. Ya había avanzado algunos kilómetros cuando, de la nada, The Tall Guy aprecio por el lado derecho y me superó rápidamente. Game On, pensé. Así que aceleré el ritmo e igualé la velocidad de The Tall Guy; no porque no quisiera ir más rápido, si no porque él no cedía un solo centímetro.

Compartimos la vía varios cientos de metros. Tal vez más. Volvió a superarme. Lo alcancé de nuevo. Logré ponerme adelante y lo vi pisándome los talones por un tiempo, pero luego su sombra desapreció.

Había ganado la primera batalla, pero no podía bajar la guardia. Intenté mantener el ritmo con la constante sensación de que si descansaba un poco, The Tall Guy volvería a atacar.

Al final eso nunca ocurrió y no volví a verlo. Pero aparecieron otros.

La meta estaba cerca y pensé que hoy por fin lograría quedarme con el primer lugar. Por desgracia celebré mi victoria demasiado pronto.  Estaba descansado, avanzando a un ritmo calmado, cuando una sombra apreció en el lado derecho, y luego una silueta. Era El Barón Rojo, seguido de cerca por El Hombre de Los Servicios Públicos.

Logré reaccionar y no dejé que el primero me superara, al menos al principio. Luego, El Baron Rojo se adelantó, lo alcancé y volví a recuperar mi lugar. Después fue evidente que me estaba probando. Yo estaba usando lo que quedaba de mi energía y a él todavía le quedaba de sobra.

Mis piernas no dieron más y tuve que reducir la velocidad. El Baron Rojo tomo la delantera y se alejó. Adiós al primer lugar! Lo peor es que El Hombre de Los Servicios Públicos nos seguía de cerca y rápidamente también se adelantó.

Me di cuenta que no estábamos tan cerca de la meta como pensaba, pues levanté la mirada y todavía quedaba más o menos un kilómetro (si todavía confían en mi capacidad para medir las distancias).

Decidí que El Hombre de Los Servicios Públicos no me iba a ganar. Ya era suficiente con aguantar el regular servicio de UNE, como para dejar que uno de sus representantes me quitara el segundo lugar hoy.

Respiré profundo, agarré con fuerza la dirección y pedaleé tan rápido como pude. Intercambiamos lugar varías veces en los últimos metros. No sé que más pasaba por su cabeza, pero algo era seguro, tampoco quería dejarme llegar a la meta antes. Nos turnábamos, pedaleábamos, nos cansábamos y el otro se adelanta.

Tuve algo de suerte, porque la siguiente vez que El Hombre de Los Servicios Públicos se cansó, casi podíamos tocar la meta. Tal vez en su carrera ya había ganado. Ese es uno de los problemas con las carreras imaginarias; no todos tienen las reglas claras.

Mi carrera no había terminado. En esos últimos metros tome la delantera y crucé segundo. Confieso que estuve tentado a levantar los brazos, pero preferí no arriesgarme a arruinar el momento estrellándome contra el piso. Así que me acerqué a la acera, frené y célebre en silencio.